Hace unos días, Diego Maradona dijo algo así como "Si Riquelme no corre, no me sirve". Desnudó así su visión utilitaria del fútbol y, por qué no decirlo, de los seres humanos. Días despùés, molesto por las declaraciones de Maradona, Romy renunció por segunda vez en su carrera, a la Selección Argentina. Juan Román Riquelme está bastante lejos de aquel jugador efectista y pirotécnico que fue cuando allá por el 2000, cuando Boca de Carlos Bianchi salió campeón del Mundo derrotando al Real Madrid en Japón. Riquelme está más viejo y, por ende, más sabio.
En otros tiempos aplicaba la máxima futbolera de que "tiene que correr la pelota, no el jugador". Como se vio en el último Independiente-Boca, el Riquelme modelo 2009 dio un paso adelante en esa formulación teórica. "Si el jugador no la toca, no importa, mientras la pelota corra. Si la tiene el adversario, tampoco." La pelota, en el ultimo Independiente-Boca, pasó lejos, bien lejos de Riquelme. Se diría que no la tocó. Y ahí, señores, ahí está el secreto del nuevo Riquelme, ese tejedor secreto de hilos, ese hábil estratega, ese genio capaz de pasar inadvertido ante miles de espectadores in situ y millones que lo miran por TV. ¿Dónde está Riquelme?, se preguntaban con angustia los hinchas de Boca. ¿Dónde está Riquelme?, se preguntaban con regocijo los de Independiente. Riquelme, señores, estaba allí. Parecía que no estaba, pero estaba. No tenía la pelota, no intervenía en el juego, pero estaba. Sólo los que saben mucho logran transmitir esa sensación de ausencia total y absoluta. Sólo los que saben mucho logran esa síntesis futbolera, ese estilo etéreo, esa aparente nulidad, ese vacío que es la materia de los artistas.
En otros tiempos aplicaba la máxima futbolera de que "tiene que correr la pelota, no el jugador". Como se vio en el último Independiente-Boca, el Riquelme modelo 2009 dio un paso adelante en esa formulación teórica. "Si el jugador no la toca, no importa, mientras la pelota corra. Si la tiene el adversario, tampoco." La pelota, en el ultimo Independiente-Boca, pasó lejos, bien lejos de Riquelme. Se diría que no la tocó. Y ahí, señores, ahí está el secreto del nuevo Riquelme, ese tejedor secreto de hilos, ese hábil estratega, ese genio capaz de pasar inadvertido ante miles de espectadores in situ y millones que lo miran por TV. ¿Dónde está Riquelme?, se preguntaban con angustia los hinchas de Boca. ¿Dónde está Riquelme?, se preguntaban con regocijo los de Independiente. Riquelme, señores, estaba allí. Parecía que no estaba, pero estaba. No tenía la pelota, no intervenía en el juego, pero estaba. Sólo los que saben mucho logran transmitir esa sensación de ausencia total y absoluta. Sólo los que saben mucho logran esa síntesis futbolera, ese estilo etéreo, esa aparente nulidad, ese vacío que es la materia de los artistas.
Puede que esta nueva versión de Riquelme no sea del agrado de Maradona. Puede que tampoco sea del agrado de Carlos Ischia (en el partido contra Independiente lo hizo ingresar recién en el segundo tiempo) ni de los hinchas de Boca, que acaso esperen goles, fintas, asistencias a sus compañeros. Una vez más, Riquelme elude las convenciones. Los artistas no hacen lo que los demás esperan de ellos, sino -permitaseme esta expresión castiza- lo que se les canta. Para eso, para que Riquelme no fuera un jugador común y corriente, pagan 15 millones de dólares por su pase.
Escrito por Hugo Romeo Guerra, sección Ley de ventaja, de la revista "Barcelona" Nº156-año 6








